Un autobús llamado incoherencia

IDEAL, 25.01.2009 -

SEBASTIÁN MONTIEL

CATEDRÁTICO DE UNIVERSIDAD Y MIEMBRO DE LA IGLESIA CATÓLICA

 

Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños», decía Vivien Leigh en la gran película de Elia Kazan, porque su personaje, la altiva Blanche Dubois, había empapado su vida en alcohol esperando a que alguien la rescatase de la fragilidad que ocultaban sus pretensiones de virtud. Pero la elegantísima forma en que Tennessee Williams imaginó a Blanche bajando de aquel famoso tranvía, no tiene nada que ver con el torpe descenso que protagonizaba el profesor Aguilera el pasado día 21 cuando, en esta tribuna de IDEAL, saltaba de un ateobús (sic) en marcha dejando entrever públicamente sus irracionalidades al levantar el aire su bata de científico. Seré amable con mi compañero de la UGR, a pesar de la extrañeza, y le tenderé púdicamente una hoja de parra.

En la primera frase significativa que articulaba en su traspié profesaba su fe en que «la ciencia ya ha dado el golpe de gracia al Dios personal, a los milagros y al alma independiente del cuerpo». No obstante, el mismísimo profesor Aguilera, en su contribución a un libro colectivo titulado 'Secularismo y ciencia en el siglo XXI', que editó en 2008 un college americano, escribía textualmente (véase su página web): «Creo que, en principio, la ciencia no puede excluir la realidad de los seres no naturales (o sobrenaturales)». ¿Acaso piensa el profesor Aguilera de una forma en Granada y de la contraria en Connecticut? ¿O será éste un ejemplo de adaptación al medio no vehiculada genéticamente? No quiero ni pensar que tan obscena contradicción se deba a su convencimiento de que una afirmación como la que vertía aquí en IDEAL hace unos días no sería publicada jamás, por acientífica, ni siquiera por una pequeña institución universitaria americana de fundación episcopaliana.

El profesor Aguilera no sólo experimenta dificultades para aceptar la existencia de Dios y la validez de la ley lógica de no contradicción, sino que además, cuando dice que «un adulto con un conocimiento actual del mundo (en particular, de la ciencia), y educado en los valores democráticos» no puede ser creyente, niega la existencia de bastantes científicos en activo de primera línea, algunos de su propia disciplina, y lo que es más sorprendente, de muchos de sus compañeros de la Facultad de Ciencias, entre los que me encuentro. Eso no es ateísmo. Eso es solipsismo selectivo. Comprenderá, pues, que yo no comparta su punto de vista, como él lo llama, porque eso implicaría creer en mi propia inexistencia, cuando es así que ni siquiera puedo creer en la suya, y a ese tipo de solipsismo invertido no estoy dispuesto a llegar, aunque reconozco que a Borges le hubiera dado para escribir.

La deliberada y moderna concepción de la religión que exhibe (no sé si inconscientemente) el profesor Aguilera, en la que habitan en contubernio «el Dios de los cristianos, de los musulmanes, de los judíos o los dioses de los griegos y los romanos», es tan amplia que en ella entra como mano en guante el laicismo radical en el que él mismo cree. Por eso debería entender que muchos otros no veamos con tanta claridad como el que 'estado laico' y 'estado neutral' sean la misma cosa. En un estado neutral (si tal maravilla existiere) yo podría imaginar perfectamente que un rey que fuera católico besara el anillo del Papa cuando éste visitara su país. Pero en un estado laico como el que propugna el profesor Aguilera se me hace difícil imaginar que alguien firmara un artículo de opinión en IDEAL machihembrando su condición de funcionario público con la de miembro de una asociación marcadamente religiosa como, pongamos por caso, una de carácter laicista radical. De todas formas, no sería nunca al estado al campeón que llamaría yo para hacer de árbitro en un conflicto de cualquier naturaleza. Deposito en él una razonable desconfianza y desde luego, no me gustaría pasar de un estado que provee a los padres, como parte del servicio público educativo, la enseñanza religiosa que ellos piden libremente a uno en que los padres se limitaran a ser productores de unos niños cuya educación se arroga el estado en aras de una pretendida neutralidad moral que elimina toda tradición moral.

Estoy de acuerdo con el profesor Aguilera en que «en buena parte del mundo sigue siendo un estigma de lo más inconveniente ser ateo». Así ocurre, por ejemplo, en Irán, en Arabia Saudita o en el sur de la India, donde asimismo sigue siendo altamente estigmático e inconveniente ser cristiano, lo mismo que en China, aunque la influencia del franquismo en esas latitudes se podría considerar nula a todos los efectos, desde cualquier perspectiva medianamente científica. Pienso, en cambio, que sí podría ser efecto del franquismo, aunque no directo, sino mediado a través de ideologías que en parte lo heredan y en parte pretenden derrotarlo setenta años después, que en nuestra Granada actual, cuando una mujer cristiana, o musulmana, llega a un hospital público a dar a luz su octavo o noveno hijo, se la trate con cierto desprecio y displicencia. En cuanto a las vulgares y vergonzosamente burguesas invitaciones a gozar de la vida que se nos están proponiendo sobre ruedas, sólo me gustaría señalar que para muchos millones de hombres que sufren en el mundo, la única posibilidad real de gozar de la vida es la justicia que Dios les hará cuando nos manifieste definitivamente su amor.

Y sí, sí que lleva razón el profesor Aguilera en que «las más excelsas y grandiosas obras de arte», así como otros «grandes logros de nuestros congéneres», han sido como el exceso que se derramaba en forma de belleza, no de una mera creencia en Dios, sino de la vida del pueblo cristiano en Europa. También, desgraciadamente, es razonable su acusación de que esos mismos cristianos tenemos mucho de que pedir perdón. Y lo hemos pedido. Y lo pedimos. Pero también yo, cuando leo artículos llenos de lugares y burlas comunes, echo de menos a los ateos de verdad, a gente como Voltaire, como Nietzsche, o aún más próximos, como Gabriel Albiac, como Gustavo Bueno, que en su último libro afirma que el Dios de los cristianos ha salvado la razón en Europa de las fauces del nihilismo, o como Antony Flew, máximo exponente de la filosofía atea de finales del siglo XX que, sin ser cristiano ni mucho menos, ha tenido el valor en 2004 de reconocer en público que ahora sí cree que Dios existe y que para este cambio de postura han sido fundamentales las evidencias que él encuentra en la ciencia.

Con ateos como ellos, podríamos sentarnos y beber despacio unos dedos de vino para abrir una y otra vez las interrogaciones que dan forman a nuestra vida de hombres.