Más sobre las primeras comuniones

José Montero Vives

 

DESDE hace cuarenta y cinco años estoy preparando catequistas y maestros cristianos, así como a niños para que se acerquen a la mesa de la Eucaristía. Por eso no he podido permanecer indiferente ante la lectura de las opiniones expuestas por Juan Antonio Aguilera Mochón, en la sección de tribuna abierta de IDEAL, en su número del 2 de junio pasado.

      A lo largo de casi medio siglo he tenido tiempo para escribir treinta y cinco libritos para la catequesis infantil y varios libros de Didáctica de la Religión para catequistas y para alumnos de las Escuelas Universitarias de Formación del Profesorado, con el deseo de ayudar a las nuevas generaciones a tener un recto conocimiento de la fe cristiana.

      La lectura de ese artículo no podía por menos de cuestionarme sinceramente si lo que he venido haciendo durante tantos años se ha limitado a fomentar «un pensamiento irraciona1», a ejercitar el «empleo incorrecto de la razón», a transmitir «una gran mentira piadosa», o simplemente a «una instrucción irracional». Los seis últimos libritos que publiqué el verano de 1999 están dirigidos a los padres de familia y llevan como subtitulo la formación religiosa que damos en las Escuelas del Ave María ante el tercer milenio. Lo que los padres podéis hacer en el hogar para que esa formación sea eficaz. Me pareció que era importantísimo que los padres conocieran lo que enseñamos a sus hijos

en el colegio y en la catequesis. Yo sé que muchos padres, unas veces por dejadez y otras por haber adoptado una postura de increencia, se encuentran en la misma actitud que manifiesta el articulista. Estando convencido de que los educadores cristianos no presentan ninguna doctrina oscurantista, sino que transmitimos una propuesta humanizadora al anunciar el mensaje iluminador de Jesús de Nazaret, ya que es un mensaje que da sentido pleno a la vida, me pareció necesario dar a conocer a los padres lo que transmitimos a sus hijos para que vieran que era algo que merecía la pena.

Esa misma preocupación me ha llevado a publicar el día 31 de mayo de 2000, dos días antes que apareciera ese articulo, un libro de 214 páginas, titulado La educación en la fe cristiana de los niños españoles, a comienzos del siglo XXI. En este libro expongo cómo padres, maestros y catequistas debemos presentar el mensaje de Jesús de Nazaret, entre los seis y doce años, de manera adaptada a la psicología evolutiva, siguiendo los tres catecismos elaborados por la Conferencia Episcopal Española, para los niños de hoy. El catecismo de la Iglesia católica, al que hace referencia el señor Aguilera, no está dirigido a los niños, sino, como se indica en el número 4 de la Carta Apostólica del Papa Juan Pablo II con la que se inicia el citado catecismo, está destinado principalmente a los obispos de toda la Iglesia.

En las páginas de ese libro que acabo de publicar se podrá apreciar que en los actuales catecismos preparados por el Episcopado español se nos habla de un Dios que es amor, que nos conoce, que nos mira con cariño, que va siempre a nuestro lado, que quiere que transformemos este mundo; se nos dice que Jesucristo quiere que vivamos felices y que hagamos felices a los demás, que Jesús, con sus palabras y su vida, ilumina nuestro caminar; que el Espíritu Santo habita en nosotros y por eso toda persona humana cobra una nueva dimensión que nos lleva a respetarla en todas las facetas de la vida. Al tratar de la Eucaristía nos dice que no basta con creer en la presencia real, sino que es necesario hacer real su presencia en el mundo a través de nuestra vida, de nuestro testimonio, de nuestro compromiso para satisfacer el hambre de los hombres. Y así en los demás temas, como podrá verse en ese libro. Es imposible -y por otra parte inútil- querer responder a la larga serie de  interrogantes que plantea en su artículo el señor Aguilera, pero sí le puedo afirmar que después de tantos años enseñando y escribiendo sobre estos temas no tengo conciencia de haber estado alienando a los niños ni a los alumnos de magisterio; más bien al revés, estoy intentando formar ciudadanos y cristianos responsables para que, cuando estén inmersos en el mundo adulto, sean capaces de construir una sociedad más justa, más fraterna, más igua1itaria, según el plan de Dios. Y me cabe la satisfacción de haber comprobado con mucha frecuencia que así ha sido. El 25 de mayo el Papa Juan Pablo II se dirigía, en el Vaticano, a 2.500 científicos que celebraban el Jubileo y les decía: «La fe no debe tener miedo de la ciencia, ni la ciencia debe tener miedo de la fe».

No pretendo atacar, ni refutar, ni polemizar , ni ridiculizar. Creo que las páginas de un periódico no deben servir para esto, y tampoco otros foros. Precisamente en estos tres últimos meses el Centro Mediterráneo de la  Universidad de Granada ha organizado un seminario sobre el sentido de la vida. Han sido veinte interesantes conferencias, pronunciadas por especialistas, en las que se han expuesto distintos y distantes puntos de vista. Hemos escuchado respetuosamente opiniones muy dispares pero no se ha ridiculizado ni atacado a nadie.

Los que hemos hecho una opción creyente no pensamos que somos irracionales, sino que sabemos que hay dos vías de acceso a la verdad: la razón y la revelación. La revelación que Dios ha hecho nos hace conocer un mundo que la sola razón desconoce. La revelación de Dios es el mayor don que hemos podido recibir los hombres. La encíclica del Papa actual, Fides et ratio, ya nos habló ampliamente de ello hace dos años.

Yo -que conozco algo de la historia del pensamiento- veo que la postura del articulista no es nueva (recordemos la Ilustración y el Racionalismo) y por eso no me escandalizo, pero me consta que muchas personas con las que he hablado se han sentido ofendidas. Supongo que la intención del articulista no ha sido la de ofender, pero si le puedo afirmar que muchas personas que están colaborando ilusionada y generosamente en las catequesis parroquiales o están impartiendo la enseñanza religiosa se han dado por aludidas y están ofendidas al ser consideradas tan injustamente. Yo pienso que una actitud auténticamente democrática debe hacernos más tolerantes con los que han tomado otras opciones. Y es una alegría ver cómo ya vamos siendo más respetuosos con otras razas, con otros grupos sociales o religiosos. Seamos también respetuosos con los que libremente aceptan la fe de la Iglesia católica con todas sus honradas consecuencias.

 

Ideal, 9 de junio de 2000