Laicismo: libertad de pensamiento

 

Juan Antonio Aguilera Mochón. Miembro de Granada Laica.

 

El artículo de Javier García Rull publicado en Ideal el pasado 8 de julio con el título “Laicismo: el que piensa pierde”, es de entrada muy notable porque no menciona el laicismo más que en el título. (Ganas me han dado de enviar yo otro sobre “computación cuántica” o sobre alguna otra rama del frondoso árbol de mi desconocimiento.) Pero vayamos al contenido del artículo. Básicamente es una queja por la falta de libertad de expresión, en nuestra sociedad, de quienes defienden que “la única forma de convivencia conyugal que es verdaderamente de interés social y merecedora de protección jurídica es el matrimonio entre un varón y una mujer”, y me parece entender que también de quienes se oponen al aborto…

            Como vemos, menciona posturas muy defendidas por la Iglesia católica, así que podríamos pensar que la Iglesia tiene problemas de libertad de expresión en España. Pues no los soluciona muy mal, porque uno ve cómo se patrocinan pública y reiteradamente esas y otras ideas católicas de muchas maneras: en los diarios y telediarios (donde tenemos muy a menudo a los obispos), en manifestaciones multitudinarias, en extensos programas religiosos en las televisiones públicas, en las tertulias radiofónicas incluso menos coperas… Además, recordemos que la Iglesia tiene a su merced durante muchas horas, y a lo largo de años, a los niños que asisten a las clases de religión católica. Por otra parte, contamos con un partido político, el PP, que suele adherirse a las tesis de la Iglesia –con lo cual llegan al Parlamento-, y otro, el PSOE, que aunque se adhiera menos o no se adhiera a alguna de esas tesis, no se queda atrás a la hora de ganarse el cielo concediendo privilegios muy terrenales a la Iglesia… incluidos los que tienen que ver con la expresión de sus ideas: llega al extremo de permitir el adoctrinamiento infantil hasta en los centros de enseñanza públicos, como señalaba antes.

            ¿De qué se queja entonces García Rull? Nos ofrece par de episodios personales de desamparo universitario. En el primero, insinúa (no queda claro) que en un Colegio Mayor de Granada –público por más señas- se le censuró. Si fue así, si hubo censura ideológica, pues muy mal, pero quiero llamar la atención del más que curioso hecho de que, si no me equivoco, hay trece Colegios Mayores en Granada dependientes de la Universidad y sólo uno es público; el resto están ligados, vaya por Dios… a la Iglesia. Me gustaría saber en cuántos (que aunque sean católicos, o precisamente por eso, “los pagamos entre todos” en buena medida) podría alguien “exponer, y por tanto discutir, determinada concepción antropológica y racional de la sexualidad”, a saber, la favorable a una ley del aborto… y a los matrimonios entre homosexuales.

            El segundo episodio consistió en que en un acto donde García Rull actuaba como ponente, en una Escuela Universitaria de Granada, un alumno le dijo que era un “peligro social”. No creo que esto limitara mucho la libertad de expresión del ponente, pero los términos empleados le recuerdan la Ley de Peligrosidad Social del franquismo y el estatus de los homosexuales en esa época. Es una comparación digna de aquel chiste: “¡vaya día llevamos, a ti se te muere tu padre, a mí se me pierde el bolígrafo…!” Es muy llamativo que García Rull traiga aquella ley a colación sabiendo que ¡quien más alentaba el trato discriminatorio a los homosexuales era… la Iglesia! Como sigue haciendo ahora. Y reparemos en algo más: García Rull ha sido Fiscal de Protección de Menores en Málaga y hoy es Fiscal de la Audiencia Provincial de Granada; tenemos pues a alguien muy relevante y activo en el ámbito jurídico que, si no lo he entendido mal, es contrario a algunos derechos conquistados por nuestra democracia, como los del aborto y los del matrimonio entre homosexuales… ¿no sería esto lo que le resultara preocupante a aquel alumno?

            En definitiva, resulta chocante que García Rull se queje, por esos episodios, de que no se pueden expresar y discutir ideas católicas en la Universidad de Granada, cuando vemos exponer y debatir muy a menudo estas ideas en cursos, charlas y debates en el ámbito universitario. Y, por si hay dudas con la posición de nuestra Universidad respecto a la Iglesia, recordemos que, siendo una Universidad pública, acoge a toda una Escuela Universitaria de Magisterio de titularidad privada; ¿adivinan quién tiene la titularidad?

            Volvamos ya al título del artículo de García Rull. Parece colegirse de él que su denuncia sobre los obstáculos para expresar y discutir públicamente sus pensamientos la convierte en una denuncia del laicismo: el laicismo como censor de ciertas ideas (religiosas). ¿Cómo se puede sostener eso? La hipótesis más compasiva es que es por desconocimiento: “el que piensa pierde” es más bien el lema de las ideologías dogmáticas, y en la España reciente la más dañina ha sido el nacionalcatolicismo que aún colea. Por el contrario, el laicismo tiene precisamente como su principal guía la defensa de la libertad de conciencia (y por tanto de pensamiento), que va más allá -porque las incluye- de la libertad religiosa y de la libertad de expresión. Se puede ser laicista y creyente religioso o laicista y ateo… El laicismo no va contra ninguna religión o ideología, sino contra los privilegios públicos de cualquier religión o ideología; y resulta que hoy en España “el que no cree pierde” (el que no cree religiosamente, claro), porque tiene muchos menos privilegios que la mayoría de los que creen. El laicismo lucha para que el Estado no interfiera con las creencias y convicciones de cada cual, para que el Estado proteja el derecho de cada individuo a tenerlas y expresarlas, sin adherirse a ninguna el propio Estado. Un laicista simpatiza con la frase atribuida apócrifamente a Voltaire: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero me batiría hasta la muerte por tu derecho a decirlo”. (Si además el laicista estuviera dispuesto a batirse… sería un laicista héroe.) No cabe imaginar una verdadera democracia si no es laicista. Por todo ello, invito a García Rull a que, siendo coherente con su deseo de que no pierda quien piense, se deshaga desde hoy de equívocos y se declare él mismo laicista (no hace falta que sea del tipo heroico).

 

 

Publicado en Ideal el 17-7-09