Laicismo: El que piensa pierde

Ideal, 08.07.09

JAVIER GARCÍA RULL

 

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Sabemos que ahora se cumple el 60 aniversario de la publicación de la famosa obra de Orwell "1984", y para nosotros, como expone el filósofo Alfredo Cruz, al que voy a hacer eco, la idea de un aparato político que controla la vida entera de los hombres y que castiga despiadadamente las más ligera desviación respecto de la ortodoxia oficial puede parecer algo que pertenece al pasado, una imagen que no consigue alarmarnos, pues se nos antoja imposible que pueda volver a cobrar realidad.

Pero si nuestra atención no se detiene en lo más aparatoso de la narración y se fija en lo que en el fondo constituye para Orwell lo más esencial del totalitarismo podremos descubrir que "1984" sigue teniendo no poca actualidad. Por encima de cárceles, brutalidad policial o dirigismo implacable, lo que convierte a un sistema político en verdaderamente totalitario es el empeño por eliminar la verdad, el proyecto de hacer desaparecer de la mente de los hombres la diferencia entre lo verdadero y lo falso, lo real y lo irreal, lo sucedido y lo inventado. Quizá, la frase más lograda y emblemática de "1984" es la que su protagonista, Winston Smith, escribe en su diario clandestino: "La libertad es poder decir abiertamente que dos y dos son cuatro". Puede parecer poco. Se trata, ciertamente, de una verdad elemental y completamente inocua. Pero se trata precisamente de eso, de una verdad: de una afirmación incontestable e innegociable, que no admite acomodaciones ni componendas, que no se deja instrumentalizar. Pero la hostilidad a la verdad, el cuestionamiento escéptico de que pueda haberla realmente, y el esfuerzo por ampliar el campo de la manipulación, y perfeccionar sus métodos, nos acompaña todos los días. ¿Quién se atreve hoy a decir abiertamente que lo concebido por una mujer solo puede ser otro ser humano porque, de lo contrario, ella misma tampoco lo sería?

¿Quién se aventura a sostener que todo ser humano es varón o mujer antes de tener orientación sexual alguna; o que la única forma de convivencia conyugal que es verdaderamente de interés social y merecedora de protección jurídica es el matrimonio entre un varón y una mujer? Podría objetarse que afirmaciones de esta naturaleza no son, ni mucho menos, tan claramente verdaderas como la proposición "dos y dos son cuatro"; lo cual es completamente cierto. Es perfectamente razonable asumir la posibilidad de que ideas como éstas fueran falsas, y que un debate riguroso sobre ellas pueda acabar demostrándolo. Pero, por desagracia, no es éste el problema que nos afecta. El peligro que corre quien afirme tales cosas no consiste en que sus afirmaciones puedan ser discutidas. El peligro está en que ni siquiera se admitirá entrar en discusión. Y no admitir la discusión supone no admitir, por principio, la posibilidad de que una cosa resulte a la postre verdadera.

La mera afirmación de determinadas cosas, la sola propuesta de abrir el debate sobre algunos lugares comunes, es un delito que acarrea a quien lo comete la más completa y unánime descalificación. A la osadía de tratar de introducir ciertas ideas en el discurso público, solo se responde con denigraciones y gestos de afectada indignación, que no tiene otro objetivo que el de atemorizar y disuadir a potenciales insurrectos.

Para muestra dos botones: me sorprendió que en un determinado Colegio Mayor de esta Universidad, público por más señas, es decir que lo pagamos entre todos, no se pudiera exponer, y por lo tanto discutir, determinada concepción antropológica y racional de la sexualidad. Parece que todos tienen que pensar lo mismo y el que no, es apartado de algo tan universitario como es el intercambio y debate de ideas, dentro de una mentalidad crítica.

Otro: en una conferencia celebrada en un centro docente también de nuestra Universidad, en concreto en una Escuela Universitaria, al señalar el ponente las ventajas sociales y psicológicas del matrimonio sobre la mera convivencia, en el tumultuoso coloquio posterior uno de los alumnos, quizá porque no tenía otros argumentos más racionales, a voz en grito afirmó: "¡Usted es un peligro social!". En ese momento, quizá sin saberlo, estaba usando un concepto típicamente franquista, como es el de "peligro social" recogido en la Ley Sobre Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970, la cual consideraba peligrosos socialmente, entre otros, a los homosexuales. Con lo cual se ve que, si antes los homosexuales eran un peligro social, ahora lo son los que tienen la osadía de sacar al debate universitario determinados temas, confiados en la idea de que la Universidad es el territorio del debate, de la discusión y de la crítica y no el que pensamiento único está imponiendo basado en la barrilada de los jueves, la descalificación, el amordazamiento y el "apartheid" intelectual.

En cuanto lo que importa no es si una idea es verdadera o falsa, sino si es progresista o conservadora, de izquierdas o de derechas, crítica o dogmática, feminista o machista, u otras cosas por el estilo, el factor más sutil y genuino del totalitarismo, que Orwell supo reconocer acertadamente, ya ha empezado a instalarse entre nosotros. Pero esa amenaza siempre ha de ser combatida como Winston Smith comprendió: «Todo el secreto estaba en pasarse de unos a otros la doctrina secreta de que dos y dos son cuatro».