Los ejércitos y los valores 'reales'

 

         En una alocución reciente, el Rey pidió a las Fuerzas Armadas el cultivo de valores como "la cultura, la inteli­gencia, los derechos de las personas, la tolerancia y la solidari­dad". Los llamaré, en adelante, valores reales. La cuestión es: ¿son compatibles con los valores militares clásicos y universales?

         Entre éstos cabe destacar la sumisión, la obediencia ciega, que no tiene mal cartel: ¿alguien habla de la responsabilidad de los ejecutantes de los numerosos crímenes cometidos a instancias de Pinochet, Husein o el presiden­te de turno de EEUU? ¿Cómo es posible achacar a la maldad de una sola persona, Milose­vic, deportaciones masivas y miles de asesina­tos? Es chocante, pues a lo mejor ninguno de estos personajes ha matado a nadie con sus manos. En otras escalas, ¿quién pide cuentas a los artífices directos de la represión castrista, o a los policías que aporrean a estudian­tes, insumisos o inmigran­tes? Estos días hemos visto en la prensa a pilotos de nuestro bando presumir de valor y espíritu deportivo y hacer gala de indiferencia sobre los efectos de sus hazañas bélicas. Son nuestros héroes. Para que fuesen nuestros odiosos enemigos bastaría con que estuvie­ran en el bando contrario. Al fin y al cabo, lo que hacen es ejecutar órdenes sin un parpadeo de duda moral. En todos estos casos, estamos ante personas armadas eximidas de responsa­bilidad, desperso­na­liza­das, cosifica­das. Personas que, por lo demás, pueden ser amables vecinos y padres entrañables.

         Una cierta abdicación de la iniciativa personal es necesaria en casi todos los ámbitos y no tiene mayor relevancia mientras es una dejación limitada y lúcida. Un conductor tiene que acatar las indicaciones de un agente de tráfico aunque opine que lo está haciendo fatal. Pero ¿y si el agente lo conmina a golpear a otro conductor infractor? Valga este ejemplo para ilustrar cómo la renuncia a la autonomía que supone un acatamiento extralimitado puede y suele dar lugar a las mayores atrocida­des. Por todo ello pienso que la obediencia ciega acaso sea el 'valor' más nocivo en la historia de la humanidad. Incompatible con los valores reales. La obediencia debe tener unos límites que hay que acordar, y que, por supuesto, nunca deben invadir los derechos humanos.

         La sumisión militar supone la disposición a entregar la propia vida. La depreciación de la vida, propia y ajena, sólo se justifica por la existencia de valores más altos: el amor a la Patria, sobre todo. El patriotis­mo, el honor, la disciplina, la hombría, no sé si la venera­ción de la bandera..., podrían ser valores acordes con los reales, pero en el terreno de lo militar, que exige ascender por encima de los derechos de los individuos, tienen que extremarse y se vuelven expresiones de homogei­ni­zación y de heterofobia intransigen­te. ¿No es cierto en todas partes que el amor militar a la Patria y a la bandera se hace excluyen­te, manifesta­ción de xenofobia naciona­lis­ta y de lógica belicista ("o ellos o noso­tros")? ¿No es el mejor/peor ejemplo de amores que matan? El adoctrinamiento castrense en valores indiscu­tibles, reacciona­rios y machis­tas, contradictorios con los reales, es lo común en el mundo, y normalmente se realiza mediante un trato no sólo cosifica­dor, sino a menudo vejatorio, que genera entre los soldados una tosca subcultu­ra de acomoda­ción sumisa.

         Si llevo razón hasta aquí, los ejércitos nacionales o de bloques son esencialmente incompatibles con el cultivo de los valores reales, y, por tanto, los horrores derivados del ejercicio militar son inevitables... si aceptamos la necesidad de aquellos ejércitos. Reflexionemos sobre ella. ¿A quién sirven los desorbi­tados aparatos militares del mundo? ¿Qué responde­ríamos a un extraterrestre que llegara preguntando 'quién manda aquí'? Corríjanme si me equivoco: los ejércitos de los estados democráti­cos están a las órdenes del poder político, que a su vez está muy condiciona­do, cuando no sometido, a los poderes económicos. (La vinculación de éstos con el poder militar suele ser mucho más directa en las dictadu­ras.) Y la escasez de escrúpulos del Mercado hace que sus intere­ses sean a menudo crimina­les: opresión de los desheredados, fabrica­ción y comercio de armas. Para el Mercado son necesarias las guerras que aseguren el negocio de las armas (y ya el negocio de las armas asegura las guerras). Y hacen falta fuerzas armadas que preserven el reparto extremadamente desigual, asesino, de la riqueza. En pocas palabras: los ejércitos son la garantía armada de la insolida­ridad más letal. Incluidos en lugar preeminen­te los de la OTAN, con el socialista nato Solana a la cabeza... de momento, pues, según lo que nos cuentan, podría sustituirlo bien pronto Vicente Ferrer. Por supuesto, también hay que reconocer la necesidad de ejércitos nacionales por razones defensivas: es decir, porque existen otros ejércitos nacionales.

         Si he razonado correctamente, los políticos inteligentes y solidarios deberían impulsar con racionalidad, pasión y urgencia la progresi­va desapari­ción conjunta de los ejércitos, al tiempo que se fortalecen (y seguramente bastaría la milésima parte del disparata­do gasto militar mundial) unas Fuerzas Armadas al servicio de una ONU al servicio de la humanidad. ¿Una utopía? No: un objetivo político difícil pero apasionante que la nueva Europa en construc­ción está -si deja de prostituirse- en mejores condiciones que nunca de liderar, en parte por el deber moral que debiera generar la vergüenza de la guerra de Yugoslavia. Debemos empezar a exigirlo los ciudada­nos, por nuestro propio bien: yo no votaré más a un partido que no tome ese objetivo como prioritario.

 

 

                  Juan Antonio Aguilera Mochón

                  Profesor Titular de Biología Molecular en la Universidad de Granada

 

 

                  (Artículo publicado en Ideal el 20 de abril de 1999. Hubo un artículo de réplica firmado por un coronel.)