El autobús de la dioscordia

 

Juan Antonio Aguilera Mochón

Miembro de Granada Laica y de la Iglesia Católica

 

En su respuesta en el IDEAL del 25 de enero («Un autobús llamado incoherencia») a mi artículo del 21 («Dios en autobús»), el profesor Sebastián Montiel se muestra muy irritado conmigo –¡vean la gama de (des)calificativos!–, y, viéndome tan afrentado y atropellado entre buses y tranvías, me gustaría mostrar que quizás merezco sobrevivir a la ignominia. De paso respondo asimismo a la Carta al Director, de 26 de enero, del Sr. Alcalde Moro (también Sebastián: haré honor al significado de sus nombres considerándolos, por supuesto, «dignos de respeto»). La irritación del primero se basa en varios puntos fundamentales.

 

1. Según Montiel, cuando en el artículo digo que «me temo que la ciencia ya haya dado el golpe de gracia al Dios personal, a los milagros, al alma independiente del cuerpo…» incurro en una «obscena contradicción» con lo que en el capítulo de un libro expreso como presupuesto filosófico de la ciencia: «Creo que, en principio, la ciencia no puede excluir la realidad de los seres no naturales (o sobrenaturales)». Pues bien, resulta que la principal «conclusión» de ese capítulo es que «un adoctrinamiento basado en la fe y la creencia en milagros es incompatible con una educación científica basada en el peso de las pruebas y en el pensamiento crítico». Y en el desarrollo explico cómo, a pesar de aquel precavido presupuesto, «la afirmación de un milagro es esencialmente anticientífica»; en el concepto de milagro incluyo diversos tipos de intervenciones divinas (las propias de un Dios personal) y sobrenaturales en general: además de las usuales, como resurrecciones o nacimientos virginales, las que habrían propiciado el origen de la vida o de los humanos. También distingo las afirmaciones religiosas sencillamente acientíficas (con las que no hay problema con la ciencia) de las anticientíficas y de las falsas. Ya ven la «contradicción», y juzguen en esta acusación dónde puede estar la «obscenidad». Según Montiel, estas reflexiones mías «no serían publicadas jamás»… pues ¡lo están, precisamente en ese capítulo al que se refiere!, no tenía más que seguir leyendo (http://jaamochon.googlepages.com/Chapter8.pdf).

 

2. Cuando Montiel afirma que en mi artículo expuse que «un adulto con un conocimiento actual del mundo (en particular, de la ciencia), y educado en los valores democráticos no puede ser creyente» se equivoca flagrantemente otra vez. De nuevo, no había más que leer, y ni siquiera entre líneas (si acaso, entre líneas de autobuses): lo que dije es que es difícil que un adulto no adoctrinado de pequeño y «con un conocimiento actual…» se haga creyente. Claro que hay «científicos de primera fila» creyentes en un Dios personal; entre los estadounidenses lo eran el 7 % del total en 1998 (frente a más del 80 % entre la población general), según una reputada encuesta publicada en la revista Nature.

 

3. Considerar el laicismo una religión es también un error (ahora de otro tipo) que, por cierto, suelen propalar en España quienes pretenden mantener las desmesuradas prerrogativas de la Iglesia católica. El laicismo exige precisamente que el Estado respete todas las creencias y convicciones, religiosas o no, sin asumir ninguna. Respecto al beso del anillo papal por parte de un arrodillado Rey (no a título personal, sino como Jefe del Estado), hay que recordar que ya en una sentencia de 13 de Mayo de 1982 el Tribunal Constitucional señaló que «el Estado se prohíbe a sí mismo cualquier concurrencia, junto a los ciudadanos, en calidad de sujeto, de actos o actitudes de signo religioso»... Me parece curioso que el profesor Montiel desconfíe tanto del Estado al tiempo que pide que siga privilegiando a la Iglesia: por ejemplo, amparando y costeando el adoctrinamiento católico infantil. (Por cierto, Iglesia de la que sin yo quererlo se me considera miembro, pues fui bautizado de pequeño).

 

En definitiva, la irritación del profesor Montiel se basaba en gruesos errores, como aquí he demostrado, por lo que confío en que ahora estará mucho más tranquilo. Ya no me ofrecerá su hoja de parra, no querrá desprenderse de ella, pero espero que disfrute de esos dedos de vino con quienes considera ateos buenos (a algunos yo también, pero echo en falta a malos como Richard Dawkins, Steven Weinberg, Gonzalo Puente Ojea…), y yo le ofrezco para acompañarlos una hermosa manzana.

 

 

Publicado en Ideal el 30 de enero de 2009 con el título “El autobús de la discordia”.