Dios en autobús

 

Juan Antonio Aguilera Mochón. Profesor de Universidad y miembro de Granada Laica

 

Si hoy alguien le dice “vaya usted con Dios” puede que sólo esté sugiriéndole que coja cierto autobús. Ciertas asociaciones de ateos nos aclaran con prudencia en los ateobuses catalanes que “probablemente” Dios no existe, mientras que algunos evangelistas aseguran que sí en los divinos autobuses madrileños. Lo bueno es que todos nos animan a disfrutar de la vida: ¡al final va a ser la Coca Cola la que se lleve el Dios a su agua!

En mi opinión, la discusión –que puede extenderse, queda un montón de autobuses que aún no se han pronunciado– tiene sabor pero no demasiado color: hay numerosas cosas de las que sabemos poco o nada, incluso ignoramos lo que para muchos es lo más gordo (por qué existe siquiera algo), pero sí sabemos lo suficiente para decir, con muy poco miedo a equivocarnos, que el Dios de los cristianos, musulmanes, judíos… o los dioses de los griegos, romanos… son creaciones humanas, demasiado humanas. Me temo que la ciencia ya ha dado el golpe de gracia al Dios personal, a los milagros, al alma independiente del cuerpo y a la creación divina de los seres vivos, en particular de los humanos… salvo Greta Garbo y Maradona (con Messi aún hay dudas, quizás de ahí el cauto “probablemente” de los catalanes). Otra cosa es que esto aún no sea asumido por la mayoría de los propios humanos.

            En cuanto a disfrutar de la vida más o menos según se crea o no en Dios… ¿se trata de creer lo que nos dé más satisfacciones o lo que nos parezca más cierto? En todo caso, si miramos en el mundo de hoy y en la historia, vemos que la creencia en Dios ha propiciado grandes logros de nuestros congéneres, como algunas de las más excelsas y grandiosas obras de arte, y asimismo ha hecho –y hace– feliz a mucha gente; pero es obvio que también ha ido pareja a sometimiento, represión, matanzas: Dios ha sido –y es– motivo de sufrimiento y muerte, y creo que estos aspectos negativos superan con mucho a los positivos. Un ejemplo especialmente tenebroso y cercano lo tenemos en el franquismo: en general los españoles –en especial, las españolas– eran mucho más infelices y sumisos por la religión. Pero bastantes viven mejor creyendo en Dios, e incluso para aquellos a quienes la religión les ha hecho mucho daño puede ser muy duro aprender a vivir sin Él: no es recomendable, en general, que los creyentes de edades avanzadas pierdan su fe.

            En esa España franquista, ser ateo era un estigma de lo más inconveniente… y lo sigue siendo en buena parte del mundo, por no hablar de otras épocas. Por esto me parece magnífico que los ateos proclamen sus convicciones, ya era hora. Y cabe esperar que se extiendan: creo que el ateísmo se propagará si se avanza en una educación científica y humanista. Si se reduce el adoctrinamiento religioso infantil, seguramente habrá muchos más ateos: es difícil que un adulto con un conocimiento actual del mundo (en particular, de la ciencia), y educado en valores democráticos, se haga creyente al conocer las doctrinas religiosas mayoritarias, abundantes en irracionalidades y con unas normas morales claramente perniciosas en algunos aspectos.

            Ese es mi punto de vista, con el que el lector estará de acuerdo o no. Parece que sobra decir que lo primordial, y en lo que sí espero que coincidamos, es que cada cual pueda tener las creencias y convicciones que quiera, sean religiosas o no. Y que el Estado está obligado a ser neutral en esto, que no puede promover ni apoyar ninguna convicción en particular, sino que debe defender la libertad de conciencia de todas y cada una de las personas. Pero, ay, que promueve y apoya algunas creencias concretas. No es que subvencione determinadas consignas en los autobuses, hace cosas mucho más graves: cargos públicos que asisten como tales a actos litúrgicos y muestran sumisión ante autoridades religiosas (recuerden al mismo Rey arrodillándose ante el Papa y besando su anillo), ceremonias religiosas promovidas por el propio Estado, por organismos públicos (desde ciertos funerales a misas universitarias), símbolos religiosos en espacios públicos (incluso cuando los ministros prometen su cargo), ventajas económicas descomunales para algunas religiones (la católica especialmente), y, sobre todo, adoctrinamiento religioso infantil subvencionado por el Estado. Qué lejos de un Estado sencillamente respetuoso con el derecho más específicamente humano: la libertad de conciencia; qué lejos de un Estado laico, el que reclama el laicismo llamado interesadamente “radical”. El laicismo que defienden asociaciones como Granada Laica o Europa Laica no promueve, contra lo que se dice, el ateísmo ni la antirreligiosidad; es cierto que yo, por ejemplo, soy laicista y además ateo, pero otros son laicistas y cristianos o musulmanes o vaya usted a saber. Queremos un Estado laico (¡no multiconfesional!), que no privilegie ni discrimine a las personas por sus convicciones, y nos gustaría encontrar en los autobuses (pero sobre todo en las leyes y los comportamientos) proposiciones como estas:

“Dios en la casa de quien quiera, pero no en las que son de todos”,

“Aunque pienses que tu fe es un privilegio, no pidas privilegios por tu fe”,

“¿Dios?, lo que tú quieras. El Estado, laico de veras”.

 

Publicado en Ideal el 20-1-2009 y en El Correo (con el título “Y usted, ¿en qué autobús cree?”) el 26-1-2009.