¿Cómo han podido?

 

JUAN ANTONIO AGUILERA MOCHÓN

 

PARA la mayoría de los españoles, uno de los aspectos más dolorosos de la guerra de Irak es, qué duda cabe, el que nuestro gobierno se haya erigido como uno de sus grandes promotores y nos haya involucrado directamente en ella (apoyo logístico, uso de las bases militares). Los militantes del Partido Popular han prestado al gobierno el respaldo necesario en esas trágicas decisiones. Mi pregunta ingenua es ¿cómo han podido, por qué lo han hecho?

La respuesta fácil es: porque los populares están de acuerdo con la necesidad y la legalidad de la guerra. Pero veamos estos tres datos. Primero: más del 90 % de los españoles, incluyendo a los votantes del PP, que son mayoría, está contra la guerra. Segundo: una gran mayoría de los intelectuales independientes, se supone que bien informados y reflexivos, ha calificado la guerra de inmoral, ilegal, injusta (pero justificada mediante clamorosas mentiras), y de consecuencias terribles para la paz y la justicia mundiales: envilecimiento de las relaciones internacionales, Estados Unidos como sangriento amo económico-militar del mundo, y la ONU y la esperanza desvigorizadas y descoyuntadas. Tercero: como no podía ser de otra forma, en Irak miles de personas (civiles o militares) están siendo matadas con premeditación y alevosía, es decir, están siendo asesinadas. En vista de estos datos, si los cargos y militantes de un partido son una parte representativa de la población, y una parte especialmente bien informada, reflexiva y sensible en temas sociales, no parece posible que de forma casi unánime los del PP estén a favor de esa guerra. ¿Cómo pueden tantas personas, que en general no hay que dudar que entran en política para mejorar la sociedad, para ayudar a los demás, defender tamaña iniquidad? No me puedo creer que casi todas sean hipócritas y malvadas.

La respuesta no está en el viento, pues, a mi entender, en buena medida está en uno de los mayores males ocultos de las sociedades humanas, un mal que no está asumido como tal: la obediencia ciega extralimitada. Este no reconocimiento como mal explica que, desde el propio bando de Bush, Blair y Aznar, se culpe sólo a Sadam Hussein y a tres gatos más de todos los crímenes cometidos por su régimen. ¿No son responsables los ejecutores finales de esos crímenes? ¿Y qué hay de los soldados del bando aliado: alguien los culpa de las masacres? No, porque lo que hacen es cumplir órdenes. En todos estos casos, estamos ante personas armadas eximidas de responsabilidad, despersonalizadas, cosificadas: se las maneja como una especie de robots o infrapersonas. Fijense si se las considera así que en las noticias no se lamenta apenas su muerte, sólo suele preocupar la muerte de civiles . La obediencia ciega está en la base del funcionamiento de los ejércitos, pero también, de manera más limitada, en otros ámbitos. Es cierto que una cierta abdicación de la iniciativa personal es necesaria en muchas situaciones, y no tiene mayor relevancia mientras es una dejación lúcida y con límites justos. Un conductor tiene que parar ante las indicaciones de un agente de tráfico aunque opine que ya le toca pasar a él. Pero ¿y si el agente lo conmina a golpear a otro conductor desobediente? Se habría extralimitado. Valga este ejemplo infantil para ilustrar cómo la renuncia a la autonomía que supone un acatamiento extralimitado puede y suele dar lugar a las mayores atrocidades. Si no se aceptara la obediencia ciega que nos despersonaliza radicalmente, qué difíciles serían casi todas las guerras.

Entonces, ¿por qué no se asume siempre la obediencia ciega extralimitada como un mal? Porque a casi todas las instituciones les interesa, y a los Estados de forma especial. No son una excepción precisamente los partidos políticos, donde la obediencia ciega toma la forma de disciplina de partido, de acatamiento de consignas dictadas por los mandos, o, en el mejor y más infrecuente de los casos, acordadas por la mayoría de los militantes del propio partido. Lo más frecuente es que esta mayoría no haga más que refrendar con temor reverencial las consignas propuestas por los jefes, que una vez lanzadas a la sociedad no admiten sino defensa entusiasta.

En general, esas consignas, o decisiones, están realmente de acuerdo con el sentir de la mayoría del partido, pero, si no lo están, prosperan de igual modo. Si se trata de una consigna o decisión poco relevante, se asume sin mayor coste de conciencia, claro está. El problema, la extralimitación grave, puede darse cuando la decisión de los dirigentes es tan crítica como la que nos ocupa, y los militantes (incluyendo a los representantes y cargos en general) podrían no estar de acuerdo. Pues bien, el problema se resuelve casi siempre a favor de la disciplina de partido. Estoy convencido de que éste ha sido el caso, de que si los militantes y representantes del PP hubieran reflexionado y expresado su opinión antes de conocer la opinión y las intenciones de Aznar, casi todos habrían rechazado la guerra.

Para evitar un conflicto serio de conciencia, los militantes intentan creerse los argumentos oficiales de su partido, se van autoconvenciendo a la vez que ayudan a convencerse a otros. En este proceso, donde la irracionalidad va ganando terreno, ayuda el sentirse agraviados por los oponentes. Seguramente, en la mayoría de los casos quedan dudas, el convencimiento no es muy perfecto, pero lo que falta para tomar una decisión de apoyo lo pone el deseo de seguir acogido por un grupo poderoso, y, en su caso, el deseo de mantenerse en el cargo o de prosperar.

Este fenómeno, demasiado humano, no ocurre sólo en los partidos de derecha ni sólo en los partidos políticos. En el PSOE se dio otro caso grave, aunque no tan extremo como éste, precisamente en otro asunto relacionado con lo militar, qué casualidad: cuando desde muy arriba se decidió, contra el pensar y sentir de los militantes y de la mayoría de la sociedad, el ingreso de España en la OTAN. En aquella ocasión se hizo necesario, además de hacer comulgar con ruedas de molino a los propios militantes, convencer a la mayoría de la sociedad. En mi opinión, fue una manipulación vergonzosa, pero al fin y al cabo tuvimos una oportunidad. En este caso, no.

En definitiva, creo que los militantes del PP no tienen, en absoluto, vocación de promotores de guerras inicuas, de colaboradores en miles de crímenes. Pero está claro que se están comportando exactamente como si la tuvieran. Sin el respaldo del partido, difícilmente Aznar y su gobierno hubieran podido implicarnos tan directamente en el conflicto. Por tanto, no sólo el gobierno, sino también los otros cargos y militantes del PP son responsables de la guerra de Irak y de sus previsibles y atroces consecuencias, incluyendo todos y cada uno de los asesinatos. Se dirá que nadie podía prever que moriría tal soldado, tal niña o tal periodista, pero si no morían esas personas, serían otras. La disciplina de partido y el autoengaño les puede hacer sentir libres de culpa, pero quisiera que reflexionaran sobre ello, sobre hasta qué punto están haciendo dejación de su condición de personas libres y responsables, y, en su caso, de representantes del pueblo y no de sus líderes.

 

[Publicado en IDEAL el 12-4-2003 en las ediciones de Granada (p. 26), Almería, Costa y Jaén); ilustrado (un bombardero) por Carlos Hernández:

http://www.ideal.es/granada/pg030412/prensa/noticias/Tribuna_Granada/200304/12/COS-OPI-151.html

Reproducido en Rebelión (http://www.rebelion.org)]