Convivir en Babel

 

Entre los científicos hay abundancia de necios, trepas, mafiosillos y tiralevitas. Poco más, poco menos, según el caso, que entre los futbolistas (ya que tan a menudo se nos compara). Es verdad que algunos somos estupendos, pero en general son poco más objetivos que los hinchas futboleros. Entonces, ¿cómo se puede fiar uno de la ciencia? ¿Es que cuando un científico trabaja se transforma mágica­mente?

      Es evidente que no. Lo que pasa es que un investigador aislado no hace ciencia. Los científicos tienen que atenerse a unas reglas y se marcan estrechamente: el método científico supone un arbitraje colectivo, y, si se mete un gol con la mano, acaba siendo anulado. Los trabajos considerados de interés se someten a un examen crítico que, básicamente, busca errores, contradiccio­nes y ambigüeda­des: en los razonamientos o en la confrontación con las observacio­nes. El saber científico debe ser público y estar siempre abierto a la posible refutación o mejora. Por eso, y porque conoce su historia de desaciertos -aunque con frecuen­cia muy fructíferos-, tiene que ser precavido y consciente de sus límites. Estas aparentes debilidades son su fortaleza, lo que permite su progreso continuo, y hoy pocos dudan de que la ciencia, a pesar de sus fuertes condiciona­mientos psicosocia­les, es la manera más fiable de conocer la realidad material.

      Significa el éxito de la razón, de la libertad crítica y de la comunicación, de la transparencia. En el ámbito de la ciencia hemos logrado superar la maldición del viejo y celoso Dios: la ciencia es nuestra hermosa, formidable e imperfecta torre de Babel, que se va construyendo entre individuos de ideologías e intereses muy diversos, a menudo enfrentados, gracias al lenguaje universal de la razón, tan difamada hoy por algunos. El saber científico pertenece a todos los humanos, y por eso hay obligación de compartirlo, de hacerlo asequible. En las grandes preguntas (de dónde venimos, quiénes somos, dónde estamos), la ciencia tiene mucho que decirnos. Aunque, en un sentido más profundo, la cultura científica supone aprehen­der el método de la ciencia, sobre todo su actitud abierta y crítica. Sin embargo, el racionalismo científico ¿no conduce, en rigor, a un escepticismo absoluto? En mi opinión, no: la incerti­dum­bre racional es inversamen­te proporcional a la evidencia, y no lleva a un relativismo uniforme y estúpido que dude de que uno y uno sean dos.

      La cultura científica y la razón crítica son así emancipado­ras, son herramientas que nos permiten ser dueños de nuestra voluntad y nuestro pensamien­to, auténticamente responsables. Nos sirven para evitar la irracionalidad en forma de errores lógicos, decisiones incoherentes, malas apuestas. Y para detectar manipula­ciones y engaños. Como el de que la racionalidad le quita a la vida la emoción y el arte, convirtiéndonos en robots. Todo lo contrario. Por suerte o por desgracia, la ciencia y la razón crítica no alivian la incertidumbre moral. Si acaso, la acentúan al cuestio­nar supersticio­nes y mitos milenarios que constituían la guardería de la humani­dad, obligándonos a decidir solos, a ser adultos.

      Tampoco el carácter quisquilloso y reprobador de la razón crítica anula el pensamiento creativo, sino que, por su insuficien­cia, invita a él. El propio método científico solo no asegura el avance de la ciencia; es tan soso que exige creatividad para funcionar. El pensamiento crítico que detecta contradicciones y que pregunta "por qué", se hace creativo cuando se arriesga a proponer alternativas diciendo "¿y por qué no...?". Alternativas tanto más inventivas cuanto más radical sea la crítica. Para este paso creativo no hay buenos métodos, pero sabemos de la importancia de fijarse fines, de tener proyec­tos..., y, sobre todo, de la libertad. Y contamos con que, si algo no escasea en nuestras mentes, es la falta de método.

      El pensamiento crítico supone escuchar, poner en duda, analizar, reflexionar, argumentar... Seamos realistas y reconozca­mos que es algo muy pesado que no se puede estar haciendo continua­mente, pues la irracionalidad, aunque trae mala suerte, es muy humana. Por eso, unos objetivos asequibles son los de controlar el irracionalismo en el terreno privado y reducirlo, denunciarlo y recluirlo (¿por ejemplo en ámbitos como el deportivo?) en el público, especialmente en el político. En el ámbito privado podemos decir que allá cada loco con su tema, con sus supersticiones, ¡pero eduquémonos para domeñarlas! En los asuntos públicos, aquellos objetivos son irrenuncia­bles. Pero aún lejanos: contra el adversa­rio político apenas se esgrimen argumen­tos, sino consignas y retórica. Los cerebros de muchos políticos, más que órganos, parecen organi­llos. Lo poco que se argumenta apenas se escucha y raramente se responde sin una distor­sión previa... Como si la discusión no fuera más que una exposición de opiniones, todas igualmente válidas o inválidas. Lo peor de todo es que, al extenderse el irracionalismo, aun el de mejor voluntad inicial, en el ámbito público, suele generar tribus (nacionalistas y religio­sas, sobre todo), siempre excluyen­tes.

      Se me puede objetar que el racionalismo funciona en ciencia porque sobre todo se trata de comprender la realidad, pero en política, donde, desde las comunida­des de vecinos a las relaciones internacio­nales, lo que está en juego son intereses contrapues­tos... Es cierta la dificul­tad, y por eso no cabe esperar en la sociedad el cierre objetivo (o intersubjetivo) de controversias posible en la ciencia. Aun más: si el racionalismo no se populari­za, se convierte en una poderosa herramienta opresora. ¿No se abusa al hablar de "racionali­zación de plantillas" cuando se trata de despedir? Pero estas dificul­tades precisamente refuerzan la necesidad del uso generalizado de la razón, no lo contrario. Y la de acordar unos valores comunes mínimos.

      Así pues, aunque la racionalidad es ya un valor positivo, pues presupone un reconocimiento de los demás -y los de menos-, no alcanza su esplendor liberador si no se combina con la defensa de los derechos humanos frente a los poderes que los violan. No basta, entonces, con desenmasca­rar a los echadores de cartas, apenas una anécdota. Probemos ese cóctel, para empezar, frente a la propia actividad tecnocien­tífica: ¿tenemos que contentarnos con tratar de entender las notas divulgati­vas de los medios, ajenos a las cruciales decisiones de qué se investiga y para qué o quiénes se desarrollan nuevas tecnologías?, ¿podemos estar tranquilos ignorando mucho de lo que se maquina en los centros de investiga­ción de grandes empresas biotecnológicas y en los militares? La razón humanista deberá ahondar en la raíz de los problemas, y, así, enfrentarse a las más terribles irracionali­dades a escala local y planetaria, como las del orden militar, el desorden económico y la estupidez ecológica.

      En definitiva, los grandes males de nuestro tiempo no vienen de un exceso de racionalidad, como nos dicen los oscurantistas, sino acaso de su defecto. Vienen de que se sustituyen en parte las viejas formas de manipulación y dominio por otras de carácter más mercantil y tecnológico. Frente a todas, el conocimiento, la razón y la crítica son nuestras mejores armas.

 

                  Juan Antonio Aguilera Mochón

            Profesor Titular del Dpto. de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Granada

 

(Publicado en IDEAL el 25-3-1999, en un suplemento especial sobre “Comunicación Social de la Ciencia”, encabezado por Manuel Chaves y Federico Mayor Zaragoza, con motivo de un congreso sobre ese tema celebrado en Granada.)