Las primeras comuniones, acontecimiento cristiano

Antonio Barnés Vázquez

 

EL señor Aguilera Mochón escribía el 2 de junio un artículo en IDEAL: Las primeras comuniones, en el que designa al Vaticano como «ese estado medieval». Realmente, la Iglesia nace en plena Edad Antigua y se va desarrollando progresivamente a lo largo de los siglos. Tras la paz constantiniana se ponen las bases de su poder temporal, poder que alcanza su cenit en el Renacimiento, época que como el señor Aguilera sabe, sucede a la Edad Media. De todas formas, el estatuto jurídico actual del Vaticano se establece en la Edad Contemporánea. Hablando de la Edad Media, por cierto, es bueno pensar que el Gótico, las universidades, el Románico, la ciencia experimental y la Divina Comedia han nacido en ella. Las obras de Huizinga, Pirenne o Curtius pueden ser ilustrativas sobre esta cuestión.

      Tratando de las primeras comuniones, el señor Aguilera muestra su preocupación ante el hecho de que a los niños se les catequice sobre «la existencia de las almas, ángeles, demonios, un Dios personal, cielo, purgatorio, infierno, providencia, exorcismos, adivinaciones del futuro, transubstanciación eucarística, resurrecciones y milagros en general». Estas y otras creencias cristianas suponen, para el señor Aguilera, una «falseada visión de lo que existe y puede suceder y de lo que no» y «se opone al objetivo educativo de la racionalidad». O sea, que al señor Aguilera le preocupa lo que predicó Jesucristo y la Iglesia repite desde hace casi 2.000 años, lo que creen 1000 millones de católicos en la actualidad y otros cientos de millones de cristianos no católicos.

      Parece, pues, que para el señor Aguilera los católicos somos poco racionales por creer en estas cosas. Sería poco racional, por tanto, Jesucristo, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Dante Alighieri, San Juan de la Cruz, Descartes, Kant, Bergson, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Velázquez, Miguel Angel, Leonardo da Vinci, Manzoni, Paul Valery, Juan Pablo II, la Madre Teresa de Calcuta, Isaac Newton, GaIiIeo, Mendel, Tolkien, Calderón de la Barca, Santo Tomás Moro, Erasmo de Rótterdam, Petrarca, Konrad Adenauer, De Gasperi, Martín Luther Kíng, Chesterton, C. S. Lewis... No todos los de esta lista fueron católicos pero sí cristianos. Solían, pues creer en ángeles, vida eterna, y claro está, en Dios. No eran tontos, casi todos genios y con un cerebro bastante poderoso y racional.

El señor Aguilera es muy audaz, un nuevo Prometeo, pues se permite tirar de las orejas de la racionalidad a los señores arriba enumerados. Esas realidades, que tan peligrosas parecen al señor Aguilera, cuando se inoculan en los cerebros infantiles, son estudiadas por dos ciencias: la filosofía y la teología, con más de 2.000 años de antigüedad. En la existencia de las almas han creído la mayoría de los grandes pensadores, empezando por los griegos. Leerá con gusto el señor Aguilera el diálogo Fedón de Platón. Sobre la existencia de Dios han aducido pruebas San Anselmo y Santo Tomás, entre otros. Hasta los deístas ilustrados creían en un Dios personal. En la presencia real de Cristo en la Eucaristía han creído, entre otros miles de millones de personas, Paul Claudel, Edith Stein (fllósofa judía), Manuel García Morente (experto en Kant y decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Complutense), André Frossard (hijo del secretario general del Partido Comunista francés), Tatiana Goritcheva (hija del sistema educativo soviético), Bernard Nathanson (ex rey del aborto de Estados Unidos) y Vittorio Messori (ex ateo periodista).

Admiro la cultura enciclopédica del señor Aguilera. También sabe de la Biblia “unos textos tan plagados de contradicciones, que los teólogos se han visto obligados, para asumirlas, a violentar el uso de la razón y del lenguaje mediante admirables filigranas exegéticas...”. Supongo que el señor Aguilera ha

estudiado las obras de los padres apostólicos, de los padres orientales, de los occidentales -en especial a San Jerónimo y a San Agustín-, la escolástica, la teología moderna pre y postridentina, y la exégesis contemporánea. Si es así, su capacidad de síntesis es admirable.

Las primeras comuniones, en fin, son un momento crucial en la vida cristiana, que marcan un antes y un después. Debemos seguir esforzándonos, claro, en que sean ante todo un acontecimiento cristiano y no un lucimiento social, y también en que la catequesis no incida sólo en los niños sino también en los padres y educadores.

 

Antonio Barnés Vázquez es licenciado en Filosofía y Letras y periodista.

 

Ideal, 6 de junio de 2000